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Las inteligencias del corazón

En muchas de nuestras acciones sentimos que la voluntad está secuestrada:

¿Has sentido que estás dando vueltas sobre el mismo eje convencida de que no hay remedio?

¿Crees que encontraste la solución a un problema que se ha repetido y cuando la llevas a cabo todo se complica más?

¿Aunque cambias de pareja, elijes sin darte cuenta a personas parecidas que te dañan?

¿Te levantas cada mañana con un sentimiento de derrota que no corresponde con tu realidad, lo sientes pero no parece tuyo?

¿Sabes que amas a tu hijo, pero lo rechazas y no lo puedes evitar?

¿Estás consciente de lo que no debes hacer y recaes una y otra vez?

Vas a encontrar respuestas nuevas cuando cambiemos la perspectiva desde donde se mira el problema. El conflicto repetido es un lenguaje de algo inconcluso en la historia familiar en intersección con el mundo social. Está pidiendo ser comprendido y traducido.

Te compartiré casos sobre el dolor que ha drenado en mi consulta privada, en los grupos de #LunesDeConstelaciones que realizo desde hace veintiún años, de alumnos que han hecho reingeniería emocional y familiar a través de nuevas comprensiones teóricas sobre el origen del sufrimiento a través de las generaciones. Protegeré su identidad, no obstante serán leídas  para aprender de ellas porque nos abren la esperanza de encontrar nuevas respuestas. Su dolor no habrá sido en vano si las escuchamos.

Cada persona que confió en mí es la fuente de inspiración de la nueva profesión que creé, la Psicología Transgeneracional y del método de Constelaciones Psicohistóricas que desarrollé sobre las bases que me dieron las profundas Constelaciones Familiares de Bert Hellinger, mi gran maestro de quien aprendí cercanamente por diez años.

Con esta nueva psicología buscamos  encontrar los orígenes de los patrones repetidos en las historias de padres, madres, abuelas/os y el mundo social que les acompaña y modela. Lo organizaré por temas. Iniciaré con una sección que nos hará cuestionarnos sobre el sentido de responsabilidad social y sobre las consecuencias a largo plazo de la violencia social.

En RELOJ DE ARENA, donde el pasado y el presente se funden y dialogan, encontraremos no sólo reflexiones sino nuevas preguntas.

Mi familia fue la primera escuela de psicología profunda en intersección con la historia y las violencias sociales. 

Soy hija y nieta de migrantes. Tanto la familia materna como la paterna, fueron perseguidas por la violencia política y religiosa en distintos países, por haber nacido judíos. Pasaron hambre y frío en las calles de Ucrania, Polonia y después en las migraciones hacia México y EUA. Llevaron sus muertos no enterrados a cuestas, y el deseo de las cartas no recibidas llorando en el alma. La pobreza no les permitió soñar más que en levantarse  para seguir vivos y formar una familia de nuevo, para continuar existiendo. Ese era el único camino posible.

Soy, los deseos de mi madre. Sus buenas noches desde la primaria eran: “Yo no pude estudiar, no tenemos dinero, mi herencia van a ser tus estudios y vas a vivir de lo que aprendas”. Siempre trabajó y luchó. Nos dio una vida sin carencias. 

De mi padre heredé la fuerza de vivir, de caerme, levantarme, sobarme, alzar la cabeza, volver a empezar y seguir. No hay otra opción para un sobreviviente de auschwitz (minúsculas obligadas). 

No había presente cuando nací. Para mi madre representé el puente con el futuro; para mi padre, la reconstrucción del pasado. Un espacio abierto que te mantiene en tensión biográfica hasta que encuentras el equilibrio. 

Su matrimonio les permitió a ambos formar familia y sus caminos se separaron. Sus abogados lo manejaron con tanta insensibilidad, que desde pequeña me entrené en el arte de la mediación y traté de cuidar a mis dos adorados hermanos.

En el mundo conservador donde estudié, ser alumna de padres divorciados en la infancia, y el segundo matrimonio de mi madre con alguien de diferente religión, me enseñó lo que significa ser señalada y padecer la discriminación, así como el hondo valor de la inclusión. Mi padre ha sido feliz en su segundo matrimonio con una linda mujer con hijos. Tuve un buen padrastro y una buena madrastra y hermanastros que acabaron con los mitos sobre el tema. 

Tener el lugar de hija primogénita sin serlo, te obliga a hacer reajustes en el árbol familiar. Soy la segunda después de un hermano que murió a los días de nacer, y de quien mi padre y yo no encontramos la tumba. 

Desde los diez y ocho años no viví más en la casa familiar. Estuve en un kibutz en Israel y después conseguí una beca para la Universidad de Jerusalem, donde inicié mis estudios de Educación y Filosofía. Sin escuchar a mi intuición, cedí a la presión de casarme en México.

Mi primer matrimonio a los veinte años fue una lección de posesión, violencia familiar, sometimiento de género, traición, abuso económico, machismo y alcoholismo. Mi precaria sabiduría y la decisión de tomar un buen proceso terapéutico, me dio la fuerza y la valentía que se requiere para cambiar los mandatos inconscientes.

Trabajé día y noche según el decreto materno – tenía dos empleos simultáneos de tiempo completo -. Algunas noches llegaba a casa sola sin saber qué hacer primero: comer, bañarme o descansar. Trabajaba como migrante y sobreviviente sin saberlo, pero me daba frutos de experiencia. 

Conocí el mundo, estudié diplomados, maestrías, cursos, tenía amores que duraban mientras no interrumpieran mi camino profesional, escribía – que es mi pasión – , me mantuve desde los veintidos años, me equivoque varias veces, aprendí y maduré.

Tuve una vida que me preparó para entender, respetar, comprender, atender, amar, desamar, intuir, discernir, corregir, ser incluyente, poner límites, brincarlos cuando es necesario, transgredir las normas, brincar obstáculos, buscar ventanas abiertas cuando las puertas se cerraban.

La repentina muerte de mi adorado hermano pequeño de 29 años me desgarró y me obligó a distinguir entre problemas reales e inventados. Todavía lo extraño. Cambié mis prioridades.

Entre las lágrimas de duelo apareció el amor de mi vida. Me hizo Mamá en la luna de miel. Él ya había tenido la dulce experiencia de ser padre de dos hijas. Disfrutabamos de mi vida laboral. Usamos un solo paraguas durante las tormentas y nos turnamos al sostenerlo. Al lado de él crecí sin contradicción como mujer, madre y  profesional. Nuestro amor cerró su ciclo veinte años después. Lo seguiré respetando en la mitad que nuestra hija tiene de él y de la que me siento amorosamente orgullosa. 

Mis tres grandes pasiones son: Ser Mamá de Daniela, trabajar en mi profesión y escribir. Ese es hasta hoy el camino de mi vida. 

 

Las líneas que siguen están aún en blanco para los misterios del futuro.

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