El costo de asesinar la esperanza

(…) junto a una historia escrita,

se encuentra una historia viva

que se perpetúa o se renueva

a través del tiempo

y donde es posible encontrar

un gran número

de esas corrientes antiguas

que sólo

aparentemente

habían desaparecido.

Maurice Halbwachs (3)

 

¿Cuándo termina la guerra?

Fui invitada a trabajar a Guerrero en 2005, con sobrevivientes de la guerrilla de Atoyac. Más de treinta años han pasado desde entonces, pero para los que sufrieron, el tiempo transcurre distinto. Se detiene. Leí algunas de las investigaciones y los reportajes sobre lo ocurrido en el lugar sobre los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército (1). El tema sigue siendo motivo de estudio (2) .

Abrir con mi pluma Conciencia de Paz es el sentido profundo de Reloj de Arena. Voy a compartir las experiencias que sucedieron a puerta cerrada, de las que solo mi persona, organizadores y consultantes presentes fuimos testigos. Con mis letras, mi indignación y su desolación, habrán encontrado un camino para contribuir a pensar distinta la violencia y la injusticia social. Necesitamos encontrar opciones para respetar a los seres humanos y que las instituciones respeten los Derechos Humano.

Yo no me encuentro en el terreno político, aunque los políticos y las organizaciones ciudadanas si debieran estar en mi terreno, sobre todo para comprender las consecuencias a largo plazo de la violencia social. Darle voz a las consecuencias que tiene, a largo plazo, la toma de decisiones que involucra arrancar la vida y la dignidad, debiera de cambiar las perspectivas de cómo se miran las injusticias, que no tiene fecha de caducidad. Las consecuencias no son escuchadas porque cuando la tensión política se disuelve (al menos esa es la creencia), se sellan los archivos en papel. Hoy sabemos sin embargo, que no hay sellos para las memorias colectivas(3). No tienen tiempo ni espacio. Los sollozos  interminables y los sentimientos que les acompañan, transitan a través de las generaciones. Las memorias de los traumas sociales tienen resonancias en el futuro, se instalan en los cuerpos, las familias y las comunidades.

En este escrito hablaré de Atoyac, pero no quiero dejar de mencionar el daño personal y familiar que también generó en los jóvenes del ejército mexicano que tuvieron que participar en esta guerra sucia. No hay ganadores, todos pierden y con el tiempo toda la ciudadanía perdemos. El futuro se compromete y la violencia se revierte a las familias, se gestan nuevas formas de la misma.

Atoyac está  lleno de recuerdos de sangre. Aceptaron llevar a cabo el taller en un lugar neutral a pesar de los esfuerzos que significó, fue en Acapulco. Conseguimos presupuesto para transporte, hospedaje y comida, lo cual sirvió de incentivo. Un día de descanso, después del taller, un día en la playa. Muchas de las personas asistentes nunca habían visto el mar.

Casi cuarenta personas entre los que estaban mujeres en duelo perenne, hombres resentidos que vieron cómo violaban a sus hijas, dirigentes políticos bañados de sed de justicia, padres y madres que seguían con la ilusión de encontrar a sus hijos desaparecidos, había quienes presenciaron cómo torturaron a sus retoños,  desaparecieron a sus amores y no pudieron enterrarlos. No me correspondía saber su participación, nada justifica su sufrimiento. Me correspondía buscar salida a su vértigo. El campo traumático de la pobreza los tenía enfermos, desnutridos.

Comencé por hacer la primera ronda después de explicar lo que yo les podía ofrecer(4). Algunos narraron sus historias, eran de terror, lloraban quien narraba y quienes escuchaban. Comencé a sentir que la silla sobre la que estaba sentada se disolvía.

Uno de los asistentes me cuestionó y se rió de mi. La burla sobre mi persona era general, él era un vocero. Nuestras diferencias resaltaban: mi color de piel, mi origen urbano, mi nombre complicado, el color de mis ojos, mi ropa, mi alimentación, mi educación. Todo nos separaba. “Usted qué puede entender y cómo puede ayudar”, se burlaron. Hice una pausa pequeña, y me reacomodé en la silla de la que casi me caía. Le afirmé que era correcto lo que decía a juzgar por las apariencias, pero que no necesariamente era verdad. Le afirmé que habían más cosas que nos unían de las que nos separaban. La risa ahora fue más fuerte y general. Las mujeres más discretas se cubrían la boca con sus rebozos y me miraban con compasión. Yo también me sonreí con ellas. A la organizadora se le estaba cortando la respiración, trataba de captar mi mirada que yo esquivaba.  El resentimiento social estaba aflorando. Les supliqué que me regalaran sólo media hora para darme una oportunidad y que me dieran el beneficio de la duda. De lo contrario aprovecharíamos para ir todos al mar y descansar. Aceptaron irónicamente. Yo respiré.

Les invité a que no me miraran mientras hablaba y que cada quien lo hiciera a su manera: con los ojos cerrados, volteados, mirando al piso. Sólo les pedí que se transformaran en un oído gigante por un momento y escucharan mi historia. Les conté que soy la hija de un Sobreviviente de auschwitz (minúsculas obligadas), de los campos de exterminio de los que no sabían, de las atrocidades nazis, lo que sufrió en su infancia por la pobreza extrema y cómo después de la guerra quedó huérfano de todo, sin tierra, techo, país, idioma, familia. Yo soy su primera generación nacida en tierra mexicana. Les hablé del libro que escribí(5) pensando en que nadie viviera más lo que mi familia tuvo que pasar. También mencioné la migración de Ucrania de la familia materna y la pobreza en la que vivieron al llegar, y cómo mi madre pasó hambre desde pequeña. La narración la hice en primera persona, como si mi padre y mi madre estuvieran allí hablándoles. Me escucharon. Trenzamos nuestras lágrimas y encontramos el eslabón que nos hacía falta(6). Comprendimos juntos qué es lo que nos unía. Entonces pudimos mirarnos de corazón a corazón.

Yo tenía que encontrar una luz al final del túnel para darles acceso a algún recurso que les permitiera acercarse a cerrar el ciclo de sus duelos de décadas, y hacer algo en nombre de sus muertos que estuviera en sus manos. Siempre pienso en el camino grande aunque sé que tengo que empezar por la vereda, que no hay atajos. Confío en la complicidad humanitaria, también de la de mis lectoras y lectores.

Recuerdo el caso de un hombre alto, con el peso de una pluma para su altura, con la espalda encorvada que sufría de permanente dolor agudo que lo obligaba a mantener su mirada en el suelo. Confesó que cargaba a cuestas el dolor del hijo asesinado lentamente frente a sus ojos. Comprendí que la forma de su cuerpo contaba la historia de su hijo. El ambiente empezó a pesar. Tuve claro que su cuerpo quedó varado en esa escena inhumana.

Con voz muy suave para sacarlo de la imagen, le pregunté por el número de hijos, hijas, nietas, nietos, bisnietos, yernos, nueras, esposa. Indagué a qué se dedicaba cada uno. Había entre ellos amas de casa, campesinos, parteras, médicos rurales, maestras y maestros, abogados, papás, y más. Contamos juntos cuántos eran.  Paré frente a él un representante de cada grupo con un papel en donde estaba el número de personas que pertenecían a ese grupo. Detrás de él coloqué a una persona que representaba su dolor vivido, no a su hijo, porque no pretendía en ese espacio retraumatizarlo, ni a él y ni a las demás personas con historias similares. En ese espacio psicohistórico estaba el pasado y el presente. Tenía que buscar cómo ayudarle a dar un paso hacia el futuro. Vivía como un cadáver caminante.

Cuando torturaron en su presencia a su hijo, le arrebataron la esperanza, le mataron el futuro. Cada paso lo hice con una gran pausa, dando tiempo a que él y el grupo descargaran dolor y se recuperaran. Estábamos trabajando por muchas familias allí presentes. Entonces de frente a todos los grupos miembros de su familia que habían vivido en ese tiempo y los que nacieron después,  le pedí que contáramos juntos y comenzamos a sumar. Despacito. Era como si fuera la primera vez que veía a su descendencia. Se tallaba los ojos, lloraba, se sostenía sobre mi hombro. Se dio cuenta que su descendencia era de casi cien personas y que todos habían ido más lejos de lo que él había llegado, analfabeta, campesino y sin estudios. Presenciamos todas las personas presentes  la dignidad de su columna vertebral que comenzó a erguirse. La escuchamos, nos sorprendimos. Las lágrimas se secaron.

Después de una gran pausa dimos un paso más. Le giré hacia la situación traumática. Pregunté qué podía hacer en memoria de su hijo para que ninguna familia o comunidad sufriera lo que ellos habían pasado, para que NUNCA JAMÁS suceda y que su muerte no fuera en vano.

Miró hacia la situación traumática del pasado, donde su hijo había sido víctima. Dijo que siempre lo iban a recordar y que escribirían su historia para que no fuera olvidado. Una pausa de recuperación, y después  lo giré hacia su presente. Le pregunté qué podría hacer con su descendencia. Con sus palabras fuimos construyendo una frase:

Asi escribió el futuro:

“Cien somos muchos para cambiar las cosas. Haremos algo bueno en su nombre por nosotros y los demás, cada uno desde su lugar”(7).

 

 

 

Bibliografía y notas

(1) https://www.proceso.com.mx › Reportaje Especial

(2) Mendoza García, Jorge La tortura en el marco de la guerra sucia en México: un ejercicio de memoria colectiva, Polis vol.7 no.2 México ene. 2011   https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-23332011000200006
“En los años sesenta y setenta del siglo XX en México actuaron diversos grupos guerrilleros que surgieron en distintos puntos del país. Lo mismo en las zonas rurales, como Guerrero, que en las grandes ciudades, como Monterrey, Guadalajara y la ciudad de México. El Estado mexicano, ante esta ola de grupos armados, decidió enfrentarlos, no con la ley, sino con violencia, que rebasaba incluso los marcos legales instituidos en nuestro país. A esta manera terrorífica de enfrentar a los guerrilleros se le conoce como guerra sucia. En esta guerra sucia que implementó el gobierno, desplegó múltiples prácticas, como el encarcelamiento ilegal, la desaparición forzada, la detención de familiares de guerrilleros y la tortura. Esta última se les infligió lo mismo a hombres que a mujeres acusados de ser guerrilleros o de brindar apoyo a estos grupos. Desde marcas, golpes y mutilaciones, hasta la introducción de objetos en el cuerpo, fueron algunas formas que la tortura cobró en esta guerra sucia… el ejercicio de la violencia que descargan sobre el cuerpo los que ejercen el terror a través del poder”

(3) Halbwachs, Maurice. Los marcos sociales de la memoria. Editorial Anthropos. Barcelona 2004.
Aunque se trata de un texto teórico, cambiarle la distribución lo transforma en un texto de ensayo casi poético, dolorosamente poético.

(4) Schlosser, Raquel “Psicología Transgeneracional® y Constelaciones Psicohistóricas” en proceso de publicación. Les ofrecí ver si juntos podíamos encontrar por lo menos un poco de bálsamo a su dolor. El pasado no lo podemos cambiar pero podemos juntos ver qué hacemos con el dolor. Les comenté que haríamos algunos ejercicios grupales.

(5) Mi Zeide es Historia. Editorial Herder 2004 Tenía conmigo algunos libros de Mi Zeide es Historia y se los regalé. Era una puerta para que pudieran ver cómo se cuenta una historia para buscar que con la experiencia pongamos un granito por el bienestar humano.

(6) Schlosser,Raquel Las Inteligencias del Corazón en Reloj de Arena www.enlacejudio.com

(7) Siempre agradeceré a la organizadora esta oportunidad. Siguió trabajando con la comunidad a la cual le mandé un libro de Mi Zeide es Historia por familia. El proyecto duró hasta que los movimientos frecuentes en las instituciones la cambiaron de lugar. Juntas dejamos la semilla.

 

 

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